como un cuaderno donde escribir sabiendo que se puede borrar, subrayar, releer, citar a otros, pegar fotos.
jueves, 6 de agosto de 2009
De chica, escuchó repetidas veces "que te garúe finito". Cuando alguien le profería ese deseo, augurio, o predicción, ella dudaba entre sonreír, gruñir o simplemente escupir el rostro del enunciador. El diminutivo "finito" la hacía pensar en una especie de trato cariñoso, en un intento de cordialidad. Y el lunfardo del verbo "garuar" era tan amigable. Ella nunca se había considerado una chica de barrio, y el hecho de que algún miembro del proletariado se despida de ella de ese modo, le hacía sentir una especie de inclusión. Ella y el pueblo parecían acercarse en esa pequeña frase. Todo esto hasta la noche en que, mientras regresaba de su casa, luego de un cóctel, sintió en su carne lo que durante treinta largos años le habían sugerido. Su piel se empañaba de a poco. Podía sentir la humedad aumentar en todo su cuerpo. Pero no. Las gotas no se podían ver. Se ocultaban, y a la vez se unían de tal manera que se volvían indisociablemente espantosas. Invadida por semejante mar sensorial, levantó la vista. Ahí estaban: volátiles, deambulando alrededor de la luz del farol. Diminutas e infinitas. Quizás, "que te garúe finito", significaba que aquella llovizna debía tener, alguna vez, un final. Probablemente. Se cubrió con la capucha y prosiguió su viaje de vuelta. Ya era tarde.
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